67 años del asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, el hombre que organizó la Resistencia contra el gobierno de Pérez Jiménez

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67 años del asesinato de Leonardo Ruiz Pineda, el hombre que organizó la Resistencia contra el gobierno de Pérez Jiménez

 

Hoy 21 de octubre del año 2019, se conmemoran 67 años del asesinato  de Leonardo Ruiz Pineda, ocurrido a manos de los agentes de la Seguridad Nacional el 21 de octubre de 1952. 

 

Muchos son los venezolanos que coinciden en asegurar que de no haber muerto Leonardo, Acción Democrática jamás se hubiese desviado de sus luchas por el ideal primario de darle al pueblo venezolano un instrumento político capaz de garantizar las reivindicaciones que se anhelaban en aquella época; sin dejar de mencionar, a los que creen firmemente que Ruiz Pineda hubiese sido candidato presidencial, primero que algunos de los que llegaron a esa importante instancia.

 

La gran red que organizó Ruiz Pineda para enfrentar al régimen de Marcos Evangelista Pérez Jiménez, no tuvo nada que envidiarle a la “Resistencia”, que polacos, británicos y otros ciudadanos europeos, constituyeron en su momento para enfrentar la amenaza Nazi; tanto así, que se convirtió en un verdadero “dolor de cabeza” para la Seguridad Nacional y su jefe, Pedro Estrada, considerado como uno de los mejores policías de aquel momento a nivel mundial.

 

Mientras otros dirigentes estaban en el exilio, Leonardo junto a Alberto Carnevalli, Antonio Pinto Salinas  y un sin número de héroes civiles anónimos, sembraron la semilla de la Libertad y sentaron las bases de la insurrección popular del 23 de Enero, organizando todo un ejército de combatientes contra la dictadura de entonces.

 

 

“Leonardo vivo era un soldado invisible. Leonardo muerto es un soldado invencible”, dijo el poeta Andrés Eloy Blanco, tras el homicidio de Ruiz Pineda quien fue abogado, escritor, periodista y doctor en ciencias políticas, pero, sobre todo, se destacó como luchador por los derechos humanos y por la justicia social. Fundador del partido Acción Democrática (AD), del cual fue secretario general, se le conoció como uno de los máximos dirigentes de la resistencia, entre 1949 y 1952.

 

En esa época de clandestinidad, se dedicó a desenmascarar al régimen, mediante la investigación y la denuncia de las violaciones a los derechos humanos. También puso en evidencia la corrupción administrativa. Plasmó ese trabajo en el “Libro Negro de la Dictadura”, de cuya edición y confección se encargó personalmente. “Este libro es un fragmento de negra historia venezolana, testimonio de conmoción violenta de la república; escrito en un alto de la batalla entre la nación que reclama libertades, y la camarilla que usurpó su soberanía”, señaló en el prólogo de la obra.

 

Incontables textos dan cuenta del coraje de Ruiz Pineda quien, pese a la persecución contra él y sus compañeros de partido, no abandonaba su empeño para que en el país imperaran la democracia, la justicia y la libertad. El día que lo asesinaron se dirigía a una reunión con otros dirigentes de AD para hacer un llamado nacional a la abstención en unas elecciones amañadas que el dictador pautó para legitimarse el 30 de noviembre de 1952. Cuando iba por San Agustín del Sur, en Caracas, pasadas las 8 pm, fue emboscado por esbirros de la Seguridad Nacional que lo mataron a tiros.


Según analistas, la muerte de Ruiz Pineda, lejos de darle al gobierno la paz que soñaba, se convirtió en su peor tormento, pues ese episodio marcó el endurecimiento de las acciones de quienes luchaban en la clandestinidad y, además, generó descontento en el pueblo que reconocía el liderazgo del joven político. 

 

Sobre Leonardo Ruiz Pineda escribió Simón Alberto Consalvi:

 

“Leonardo Ruiz Pineda fue asesinado en una calle de San Agustín del Sur el 21 de octubre de 1952. Desde inicios de 1949, cuando fue liberado de la cárcel después del golpe militar contra Rómulo Gallegos del 24 de noviembre, fue el secretario general de Acción Democrática en la clandestinidad. Han transcurrido 60 años, los sucesos políticos se han atropellado los unos a los otros, y, por lo general, escasea el tiempo para pensar en quienes, como Leonardo, se obstinaron en entregar su vida a la construcción de la democracia en Venezuela.

 

No hay cómo imaginar la deuda que la nación tiene con esos hombres singulares que combatieron sin pausa y sin miedo, que optaron por la resistencia clandestina como una manera de enfrentar a la fuerza bruta. Fui amigo de Leonardo desde mis tiempos de liceísta en San Cristóbal, cuando él era profesor y presidente del estado Táchira, y lo acompañé en el CEN clandestino.

 

En la Cárcel Modelo, Leonardo comenzó  a escribir su autobiografía. No quería ser sino escritor: “Entonces fui ganado definitivamente por un comienzo de orientación que despertaba en mí, brumoso, vago. Mis poemas perdieron el acento melancólico que le daban tono de sentimental congoja, tomé el estilo de ‘vanguardia’, ‘sugerente’, como entonces era calificado. Escribí poemas, variados y numerosos poemas… escribí cuentos, numerosos cuentos”.

 

Pero como a otros jóvenes, a la muerte de Gómez, el destino le señaló el arduo camino de la política. “Entonces –dijo–, no acertaba a prever el proceso de sacudimiento colectivo que viviría Venezuela al desaparecer el jefe del régimen político en torno al cual gravitaba aquella edad oscura de atraso e incultura”.

 

Retengamos estas líneas finales de su confesión inconclusa, escritas en diciembre del 48 en la prisión y que relatan su llegada a la capital: “Cargado de esos confusos y complejos pensamientos llegué a las puertas de Caracas una tarde de septiembre de 1933, a los 17 años de edad. Entraba en mi ciudad madre, la que luego formaría a su imagen y semejanza el contorno de mi  nueva vida. La ciudad alegre, enervada de juvenil desgaire, desbordante de esa imponderable fuerza espiritual que fluye en la sonrisa de sus mujeres y en el ademán acogedor de su regazo, abría sus brazos cálidos para recibir al anónimo estudiante provinciano que golpeaba sus puertas cargado de maletas, sueños y esperanzas”.

 

El joven Ruiz Pineda llega a Caracas para observar lo que llamó “sacudimiento colectivo”, y a partir de 1936 reparte el tiempo entre sus estudios de Ciencias Políticas en la UCV y la primera militancia clandestina bajo el régimen de López Contreras que no le dio tregua a los partidos que tuvieron que formarse contra viento y marea, como el PDN, que dio origen a AD.  Leonardo escribe y lee, y ya desde entonces se destaca por su oratoria elegante y fluida, por su talante siempre grato.

 

En los años cuarenta regresó a San Cristóbal, fundó el diario Fronteras, y sus escritos políticos se consagraron por su profundidad, su agudeza y su estilo imaginativo. Recuerdo de modo especial sus “Ventanas al mundo” contra el fascismo en la guerra europea, sobre la reforma constitucional y la necesidad de que se consagrara la elección directa de los presidentes de la República. En la tierra de los caudillos militares del siglo, donde había campeado la ferocidad y la barbarie de Eustoquio Gómez, Leonardo fue la expresión, junto con su amigo Ramón J. Velásquez, de una alternativa civilizada y contemporánea de la política.

 

En 1948, Rómulo Gallegos lo designó ministro. Y en esos trances a Leonardo lo sorprendió el 24 de noviembre, la conjura de civiles y militares que frustró la presidencia del gran escritor. Y entonces fue a la cárcel, y de la cárcel a la resistencia y a la clandestinidad, única alternativa para la batalla incesante por la libertad. El último de sus escritos fue el prólogo al Libro negro, Venezuela bajo el signo del terror, aparecido el mes de su muerte.

 

“Este libro –dijo– es un fragmento de una negra historia venezolana, testimonio de conmoción violenta de la República, escrito en un alto de la batalla entre la nación que reclama libertades y la camarilla que usurpó su soberanía. (…) Este libro ofrece los testimonios de esa pugna, de la violencia criminal de un régimen sin normas éticas y políticas y de la voluntad de sacrificio de quienes se enfrentan a él”.

 

Muy poco después de la muerte de Leonardo, Rómulo Gallegos dijo en México: “Yo no tengo mano conformada para arrojar la brasa del corazón a los incendios de la violencia, ni me muevo entre hombres que les confíen a las llamaradas de la venganza el cocimiento del pan de la justicia, y sin mengua de la firmeza de la acusación a que estamos obligados, invito a mis compañeros a total presencia de ánimo, en alturas de serenidad responsable ante el destino de nuestro pueblo, a fin de que, sin que el agrio rencor nos tuerza la buena sustancia del dolor que aquí nos reúne, sea honrada siempre entre nosotros la memoria de nuestro compañero, mártir del ideal democrático. El de la fina valentía y gozosa audacia: Leonardo Ruiz Pineda. Vivo y perenne entre nosotros”. Fuentes: Diario Últimas Noticias, Libro “Se llamaba SN”, autor José Vicente Abreu, Artículo de Simón Alberto Consalvi, Artículo de Jimeno Hernández, “Muerte en San Agustín”.  

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